BLUE HORIZONS: 3 señales de que la economía azul chilena dejó de ser una promesa y se convirtió en una apuesta coordinada

Una lectura del momento que atraviesa la industria del mar en Chile: de Blue Horizons a los nuevos clústeres, programas y políticas que están alineando ciencia, capital y territorio

Autores: Rafael Clement y Max Johansson
Publicado el 17/04/2026

En 2022 ocurrió algo que pasó casi desapercibido fuera de los círculos especializados: por primera vez en la historia, la producción acuícola global superó a la pesca de captura. No fue un hito menor, fue una señal de que el mar dejó de ser solo un recurso que se extrae y comenzó a convertirse en un sistema que se produce, se gestiona y, si se hace bien, se regenera.

Ese contexto es el que hace relevante lo que está ocurriendo en Chile hoy. Participamos hace unos días en Blue Horizons, el evento convocado por la Global Salmon Initiative (GSI), una organización que representa aproximadamente el 40% del sector global de acuicultura de salmón, con foco en acelerar la transición de la industria hacia un modelo de economía azul sostenible. En una misma mesa se sentaron el sector productivo, gobierno central y regional, academia, pescadores artesanales, organizaciones de la sociedad civil como WWF y panelistas internacionales de Costa Rica y Noruega.

Desde Imagine Waves, lo que más nos pareció valioso del encuentro no fue un dato en específico, sino la disposición de actores ideológicamente distintos a ponerse de acuerdo en algo que rara vez se discute con esa claridad: la necesidad de construir un marco regulatorio estable que permita atraer inversión de largo plazo hacia la economía azul. Sin ese marco, la conversación sobre innovación, sostenibilidad y capital se nos queda en el aire. Asi misno, con este se vuelve una tesis de inversión. Esa distinción, entre ecosistema con reglas claras y ecosistema con incertidumbre permanente, es exactamente la que separa los sectores que atraen capital paciente de los que solo atraen capital especulativo.

Lo primero que nos llamó la atención de el encuentro, más allá del debate regulatorio, es el tono con que abordaron ciertos temas. Una industria que exporta USD 6.500 millones anuales, emplea a más de 86.000 personas y ha llegado a más de 100 mercados internacionales en 2025, no llegó al evento a celebrar sus logros, llegó a hacerse preguntas sobre lo que viene. Esa disposición, que no siempre ha caracterizado a sectores productivos de esta escala, es en sí misma una señal. Algunas de las frases más directas del evento vienen desde la representante de CONAPACH, organización de pescadores artesanales, donde fue enfática: «Cualquier desarrollo tiene que ser no a costa de nadie. No puede haber intervención sin evaluar si perjudica a quienes ya operan en ese borde costero.» No es una posición defensiva, es la descripción de un principio que los distionos actores del ecosistema ya entendieron: la sostenibilidad no es un costo de la producción, es la condición que hace que la producción sea posible en el tiempo. Producir más aprovechando lo que ya existe, sin comprometer la base que sostiene esa producción: eso es lo que diferencia a una industria extractiva de una con futuro. Gonzalo Tagle lo formuló desde el ángulo de la innovación: «Imagínate nos abriéramos a la biotecnología azul, los subproductos del salmón, la ciencia que se puede generar atrás, son millones en oportunidades de negocio.» Y Gonzalo Muñoz fue más directo aún respecto a la dirección tecnológica: «Para mí no cabe ninguna duda. La jugada se llama IMTA» haciendo referencia a la Acuicultura Multitrófica Integrada, un modelo que integra peces, algas, moluscos y crustáceos en un sistema que trabaja con el ecosistema completo, no contra él. «Hay que invertir una brutalidad en innovación para esa integración.»

El segundo elemento relevante fue el consenso transversal sobre el dilema entre crecimiento y sostenibilidad. El expresidente de Costa Rica, el Ministro de Economía y representantes de WWF llegaron a la misma conclusión desde ángulos distintos: no hay contradicción entre producir y cuidar. El modelo de la economía azul no es un ideal académico, es lo que permite que una región como Magallanes, con 47 de sus 50 centros certificados ASC (Aquaculture Stewardship Council), se convierta en un espacio competitivo que la regulación y la certificación hacen difícil de replicar. Ese es exactamente el tipo de barrera de entrada que distingue a los actores que piensan en décadas de los que piensan en ciclos de producción.

El tercer elemento, y el que más importa para entender el momento, es que Blue Horizons no es un evento aislado. En las últimos meses, algo está tomando forma en el ecosistema chileno de economía azul que va más allá de la agenda de un sector: una convergencia de iniciativas que, desde ángulos distintos y con herramientas distintas, están apuntando en la misma dirección. Por un lado, CINCO es el Clúster Climático para la Innovación Oceánica que reúne a organizaciones como Endeavor Patagonia, Patagonia Biotech Hub, Sudlich Capital, SalmonChile, Kran Nanobubbles, Ketrawa (todos ellos partners de nuestra red en Imagine Waves) junto a Ocean Visions y Amichile. Su apuesta es convertir la costa chilena en un laboratorio de prueba para tecnologías con impacto climático real, conectando de forma estructurada a actores que no siempre han actuado de forma coordinada. Además, Ketrawa impulsa la Blue Week Los Lagos, el 11 al 14 de mayo entre Puerto Montt y Santiago, con una premisa que resume bien el estadio en que está el ecosistema: «Este año, la ciencia se convierte en defensa climática, y la defensa climática en acción”. Upwell, el programa de Reciprocal Studio (igualmente parte de nuestra red), opera en la brecha entre prototipo e impacto real, conectando a startups de innovación oceánica en América Latina con socios corporativos y capital catalítico para diseñar y ejecutar pilotos en condiciones reales. Por último, se suma que CORFO tiene la economía azul y el carbono azul dentro de sus temáticas de inversión prioritarias, lo que da a estas iniciativas un respaldo de política pública que hace pocos años no existía con esta claridad.

Lo que emerge de esta convergencia no es optimismo sectorial, es algo más específico: actores distintos, con herramientas distintas, abordando el mismo problema de forma coordinada en lugar de fragmentada: eso es lo que hace que un ecosistema madure. El fondo del asunto y el que justifica la relevancia global de todo esto, aparece en lo que João Campari de WWF presentó en Blue Horizons: El sistema alimentario global tiene un valor de mercado de USD 9 trillones anuales, pero sus costos ocultos ascienden a USD 20 trillones. 850 millones de personas padecen hambre extrema y 3.500 millones enfrentan inseguridad alimentaria. La proteína oceánica representa el 20% de la ingesta anual de proteína para 3.300 millones de personas. Eso no es un dato aislado, es un ejemplo concreto de por qué el mar es infraestructura alimentaria global, no es solo una industria extractiva. Nuestro país tiene 83.000 kilómetros de línea de costa, la salmonicultura opera hoy en 4.120 hectáreas activas. La brecha entre lo disponible y lo productivo es regulatoria pero para crecer en escala también es requisito ser acompañada con tecnología aplicada y ciencia.

Las preguntas que quedan abierta es: ¿Cómo hacemos para que las nuevas ideas, las startups de biotecnología azul, los modelos de acuicultura integrada, las tecnologías de trazabilidad y alimentación alternativa puedan acercarse a esta industria con condiciones reales de pilotaje? ¿Cómo se construyen los espacios de convergencia activa donde los desafíos técnicos se resuelven en conjunto entre la industria, la academia y el emprendimiento, en lugar de caminos separados?

En Imagine Waves, esa pregunta es parte de lo que nos mueve a participar en estos espacios. Desde Imagine llevamos casi 15 años en el ecosistema de innovación en LATAM, últimamente en Imagine Waves con fuerte foco en biotecnología, acuicultura, foodtech, medio ambiente y sectores productivos de base científica. Lo que vemos en este momento es una oportunidad concreta de sumar valor de forma coordinada: conectando emprendimientos en etapa temprana con la red de actores que puede acelerar su validación, abriendo acceso a capital para tecnologías que el mercado aún no tiene en el radar, y siendo parte de la conversación donde se definen las reglas que harán posible que todo esto escale.

No buscamos ser el centro de este ecosistema. Buscamos ser un mecanismo útil dentro de él. Y para eso necesitamos exactamente lo que Blue Horizons demostró que es posible: que los actores distintos se sienten en la misma mesa con disposición real a construir juntos caminos concretos.



GLOSARIO DEL ARTÍCULO


Economía Azul: Modelo de desarrollo económico basado en el uso sostenible de los recursos oceánicos y costeros. A diferencia de la economía extractiva tradicional, prioriza la salud de los ecosistemas marinos como condición del valor a largo plazo, no como su límite. Incluye sectores como acuicultura, energías marinas, biotecnología azul, turismo costero y captura de carbono oceánico.


Acuicultura: Producción controlada de organismos acuáticos —peces, moluscos, crustáceos, algas— en ambientes marinos o de agua dulce. Es el equivalente marino de la agricultura terrestre. La salmonicultura —cultivo de salmón— es la rama más desarrollada de la acuicultura chilena.


IMTA (Acuicultura Multitrófica Integrada): Sistema de producción acuícola que combina en un mismo espacio distintas especies de diferentes niveles de la cadena alimentaria —peces, algas, moluscos— de manera que los desechos de unos se convierten en nutrientes para otros. Reduce el impacto ambiental y diversifica la producción. Es considerada una de las tecnologías con mayor potencial de transformación del sector a mediano plazo.


Biotecnología Azul: Aplicación de herramientas biotecnológicas a organismos y recursos marinos. Incluye el desarrollo de ingredientes, fármacos, biomateriales y compuestos funcionales a partir de algas, microorganismos marinos, subproductos de la pesca y la acuicultura. En el contexto de la salmonicultura chilena, abarca desde la valorización del omega-3 hasta el desarrollo de vacunas y alimentos funcionales para peces.


Carbono Azul: Carbono capturado y almacenado por ecosistemas costeros y marinos —manglares, praderas de pastos marinos, marismas—. Son sumideros de carbono de alta eficiencia: pueden almacenar hasta cinco veces más carbono por hectárea que los bosques terrestres. Su preservación y restauración es parte de las estrategias climáticas nacionales e internacionales, y CORFO lo tiene como temática de inversión prioritaria.


Certificación ASC (Aquaculture Stewardship Council): Estándar internacional independiente que certifica que una operación acuícola cumple con criterios rigurosos de sostenibilidad ambiental y responsabilidad social. Es reconocida en los principales mercados internacionales. En Magallanes, 47 de 50 centros salmoneros cuentan con esta certificación, lo que constituye una barrera de entrada real para nuevos competidores.


Moat regulatorio: Ventaja competitiva construida a través del cumplimiento de procesos normativos costosos y prolongados. Una empresa que ya atravesó un proceso de certificación ambiental, aprobación sanitaria o consulta de pueblos originarios tiene una posición difícil de replicar por un competidor que aún debe recorrer ese camino. En sectores como acuicultura o agua, el moat regulatorio puede ser tan determinante como la tecnología misma.


ENFO (Evaluación de Impacto en Pueblos Originarios): Proceso legal de consulta a comunidades indígenas requerido antes de aprobar proyectos que puedan afectar territorios o recursos de uso tradicional. En Chile, su duración promedio es de 6,6 años, lo que representa una de las principales fuentes de incertidumbre para proyectos de inversión en zonas costeras del sur del país.


Capital paciente: Capital de inversión dispuesto a esperar períodos prolongados —típicamente 7 a 15 años— antes de obtener retornos. Es el tipo de capital que requieren sectores como biotecnología, acuicultura tecnológica o climatech, donde los ciclos de validación y los procesos regulatorios son largos. Se contrapone al capital especulativo, que busca retornos en plazos cortos y tiende a evitar sectores con alta incertidumbre regulatoria.


Pilotaje industrial: Fase de validación de una tecnología en condiciones reales de operación, con un socio industrial que actúa como entorno de prueba. Es el paso entre el prototipo de laboratorio y la comercialización a escala. Para startups de base científica en sectores como acuicultura o foodtech, acceder a condiciones de pilotaje industrial es frecuentemente el cuello de botella más crítico del proceso de desarrollo.


Clúster de innovación: Concentración geográfica y temática de actores —empresas, centros de investigación, instituciones públicas, fondos de inversión— que operan en un mismo sector o cadena de valor y que se benefician de la proximidad y la colaboración. Los clústeres reducen los costos de información, facilitan el intercambio de conocimiento y aceleran la validación de nuevas tecnologías. CINCO es un ejemplo de clúster orientado específicamente a la innovación oceánica con impacto climático.

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